MUNDIAL 2026

¿Estamos estresados por el Mundial... o por todo lo demás?

Una reflexión sobre el estrés colectivo, las redes sociales y la necesidad de seguir teniendo esperanza.

En las últimas semanas he visto algo curioso.

Cada vez que aparece una noticia sobre el Mundial 2026 surgen decenas de comentarios diciendo que no debería realizarse, que hay problemas más importantes, que las ciudades no están listas, que existen enfermedades, inundaciones, pobreza, inseguridad, problemas de movilidad, crisis económicas y muchas otras situaciones que parecen más urgentes.

Y, siendo honestos, muchas de esas preocupaciones son reales.

México tiene retos importantes.

La Ciudad de México enfrenta problemas de movilidad y lluvias cada vez más intensas. Guadalajara y Monterrey también trabajan contrarreloj en proyectos de infraestructura. Existen preocupaciones por temas sanitarios internacionales, por la economía familiar, por el costo de la vida y por la incertidumbre que muchas personas sienten respecto al futuro.

Nada de eso es inventado.

Pero mientras leo esos comentarios también me pregunto algo:

¿De verdad estamos discutiendo sobre el Mundial?

¿O estamos utilizando al Mundial como símbolo de todas las preocupaciones que ya cargábamos encima?

Porque pareciera que el evento se convirtió en una pantalla donde proyectamos todo aquello que nos preocupa.

Si hay tráfico, es culpa del Mundial.

Si hay obras, es culpa del Mundial.

Si hay gastos públicos, es culpa del Mundial.

Si hay problemas urbanos, es culpa del Mundial.

Si llueve, se inunda una calle y hay retrasos, también terminamos relacionándolo con el Mundial.

Y poco a poco la conversación deja de ser sobre fútbol y se convierte en una conversación sobre ansiedad.

Vivimos en una época donde abrimos el teléfono y encontramos una lista interminable de preocupaciones. Enfermedades, conflictos, economía, violencia, política, fenómenos naturales y discusiones constantes en redes sociales.

Nuestro cerebro recibe toda esa información al mismo tiempo y termina sintiendo que el mundo entero está al borde del colapso.

No porque necesariamente lo esté, sino porque nunca antes habíamos tenido acceso a tantas noticias negativas durante las veinticuatro horas del día.

Y entonces ocurre algo curioso.

La emoción empieza a sentirse como culpa.

Hay personas que tienen ganas de vivir el Mundial, de asistir a un partido, de recibir turistas, de ver a México en una Copa del Mundo organizada en casa.

Y de pronto parece que emocionarse estuviera mal.

Como si disfrutar algo automáticamente significara ignorar los problemas del país.

Pero la vida no funciona así.

Las personas pueden preocuparse por la economía y al mismo tiempo emocionarse por el fútbol.

Pueden estar pendientes de temas de salud pública y al mismo tiempo querer vivir una fiesta deportiva.

Pueden exigir mejores gobiernos y mejores políticas públicas sin renunciar a disfrutar de un concierto, una feria, unas vacaciones o una Copa del Mundo.

Una emoción no cancela a la otra.

Ningún país del mundo espera a resolver todos sus problemas para celebrar algo.

Porque si esa fuera la condición, jamás habría celebraciones, festivales, conciertos, olimpiadas o mundiales en ningún lugar del planeta.

No se trata de ignorar los problemas.

Se trata de no permitir que los problemas nos roben también la capacidad de emocionarnos.

Porque la esperanza, la ilusión y la alegría también forman parte de la salud mental.

También necesitamos momentos que nos unan.

También necesitamos cosas que esperar.

También necesitamos razones para sonreír.

Y tal vez por eso el Mundial genera emociones tan intensas.

Porque llega en un momento donde mucha gente está cansada.

Cansada de las noticias.

Cansada de las discusiones.

Cansada de la incertidumbre.

Cansada de sentir que todo es un problema.

Quizá por eso algunos lo esperan con tanta ilusión.

Porque durante unas semanas habrá algo distinto de qué hablar.

Habrá colores, visitantes, historias, partidos, emociones y recuerdos.

Y eso no significa que los problemas desaparezcan.

Significa simplemente que seguimos siendo humanos.

Y los seres humanos no sobrevivimos solamente resolviendo problemas.

También sobrevivimos teniendo esperanza.

Porque al final del día, una sociedad que puede emocionarse sigue siendo una sociedad que todavía cree en el futuro.

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